Cualquiera de nosotros.

Domingo 28 de enero de 2018, 21.30 de la noche. De casualidad me siento en el sofá a ver Salvados, mientras termino de dar los últimos retoques al post que publicaré mañana. Me fijo en la fotografía, en la composición, todo está muy cuidado, como si de un proyecto cinematográfico se tratara. La escena comienza con cuatro personas alrededor de una mesa, todas llevan un post-it en la frente y por turnos se hacen preguntas para tratar de adivinar qué personaje u objeto tienen escrito. Fuera comienza a nevar.

Según avanza el programa no puedo evitar pensar en lo valientes que están siendo por tratar un tema como el del suicidio y la depresión en nuestro país. Sea acertado o no el paradigma desde el que lo están abordando, son millones las personas las que sufren en silencio y se sienten estigmatizadas. Ya es hora de hablar de ello.

Tres personas diagnosticadas de depresión, una hija de una mujer que acabó suicidándose, un psiquiatra y una catedrática en psicología, aceptan juntarse en una casa rural y hablar sobre el infierno que conlleva la depresión.

Estamos habituados a utilizar la palabra “depresión” con excesiva ligereza. “Estoy depre”, “lo que te pasa es que estás deprimido”, “esta situación es deprimente”… La depresión es mucho más que todo eso; es un serio trastorno emocional que implica cambios importantes a nivel emocional, cognitivo y conductual; esto es, a cómo nos sentimos, cómo pensamos y cómo actuamos.

A nivel emocional, pueden aparecer tristeza, irritabilidad o ansiedad. A nivel somático, suele notarse cansancio continuo y excesivo, pérdida de apetito (también el sexual), problemas con los ciclos de sueño-vigilia, tensión corporal, así como otros síntomas que acompañan los trastornos de ansiedad. Nuestros pensamientos se ven claramente alterados, aparecen el pesimismo y la negatividad, y ambos inundan todo el espectro cognitivo, rebajando nuestra autoestima y apareciendo la culpa y el sentimiento de incompetencia. Nuestra conducta va en consonancia con las otras dos dimensiones: poco a poco vamos reduciendo nuestras actividades, nos volvemos más pasivos pues cada reto, cada actividad supone un esfuerzo que nos resulta inalcanzable y puede ocasionar síntomas de ansiedad. La inactividad nos domina y va dominando todas las áreas de nuestra vida.

Para considerar que una persona muestra criterios para el diagnóstico de depresión, tiene que presentar una gran parte de estos síntomas y además estar presentes durante un período razonablemente largo de tiempo. En España, dependiendo las fuentes que consultemos nos podemos encontrar con cifras que varían entre el 5% y el 30% de la población (la OMS lo cifra en el 5,2% de la población de nuestro país). Nos podemos quedar con la idea, más acertada en mi opinión, que los síntomas ansioso-depresivos afectarán en torno al 40% de la población en algún momento a lo largo de su vida (y parece que la tendencia va en aumento).

Podemos pararnos un momento a pensar en el por qué de estas estadísticas. Los criterios diagnósticos (el actual DSM-5 o la próxima CIE-11) establecen pautas para diagnosticar los trastornos mentales. Estos criterios van cambiando a lo largo del tiempo y se van plasmando en las diferentes ediciones de los manuales en función de las últimas investigaciones científicas. Pero reducir el sufrimiento de la depresión a un diagnóstico de enfermedad es una postura discutida tanto por sectores de la psiquiatría como de la psicología, y por supuesto por colectivos de afectados y familiares.

El paradigma biologicista de la salud mental supone ver la depresión como una enfermedad y no como un síntoma de la sociedad en la que vivimos, en la que impera la obligación del éxito la felicidad y rehúye de las emociones negativas como la tristeza, la rabia o el miedo. Las razones estarían en la naturaleza del entramado social en torno a la depresión, y no en la naturaleza de la depresión como presunta enfermedad.

Centrarnos en experiencias en vez de en diagnósticos, en dimensiones en vez de categorías, y en la experiencia subjetiva del “paciente” en lugar de los criterios establecidos por las farmacéuticas; nos darían quizá otra visión. Un visión en la que el “enfermo” pueda desestigmatizarse, pueda compartir sus experiencias y pueda volverse partícipe del proceso en el que muchas veces los profesionales, nos volcamos y nos empoderamos porque nos sentimos cómodos en una situación de experto. Habría que ver en qué medida la depresión no sea una enfermedad iatrogénica (producida o empeorada por el tratamiento) y los antidepresivos un problema más que una solución.

Mientras continuamos en esta lucha entre profesionales, afectados y demás intereses (administraciones, farmacéuticas…), millones de personas (unos 2,5 millones dijeron anoche) en nuestro país, sufren en silencio, se aíslan, y lamentablemente muchos acaban en suicidio. Mejorar la atención sanitaria, la educación y el entramado social son objetivos a cumplir si queremos mejorar nuestras condiciones de vida. Recordemos el título del programa de ayer “1 de cada 5”, a mi entender significa “Cualquiera de nosotros”.

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